Heurística del conocimiento y la (¿falsa?) promesa del saber

Uno

Se vuelve cíclica esta cuestión: dejo de escribir un rato, me asalta la necesidad, vuelvo y paso de inmediato a dejarlo. Ya he dicho en el pasado mis razones (o no-razones) y están muy presentes en la memoria, sólo basta bajar la mirada y ver lo escrito anteriormente y que está asentado en esta misma página. Quisiera no reparar demasiado en esto, pero se vuelve complicado por muchas razones. La primera, y tal vez única: necesito explicarme por qué lo hago. ¿Qué curiosos mecanismos hay detrás de estos ires y venires? No hay respuesta, sé que no la hay, pero heme aquí preguntándomelo por lo divertido que es para mi, por supuesto, que para ustedes esto es de lo más chocante.

Dos

Como ocurre con esa primera camada de so called bloggers, surgida por ahí de 2002-2003, mi blog es un “querido diario”, o al menos lo ha intentado sin mucho éxito. La novedad de tener un sistema tan flexible de publicación hizo que emergiéramos como de la nada cantidades importantes de aspirantes a escritor, adolescentes tribulados, aventureros urbanos, viajeros, cinéfilos y demás subespecies con nuestras necesidad de “ser escuchados”, de construir una cierta noción de “público cautivo” que compartiera (al menos hipotéticamente) nuestros puntos de vista. Nos sentíamos importantes. Era el boom de los blogs personales. Hay muchos sobrevivientes de aquellos tiempos, aunque sus blogs hoy ya no se parecen mucho a como iniciaron. De adolescentes con granos, muchos pasaron a convertirse en referentes en el mundo de las redes sociales, de la literatura en línea o de la más diversa opinología. El blog personal entró en crisis, al grado extremo de encontrarnos con comentarios como el vertido en este twitteo.

En medio de esto, la razón de escribir un blog, y sobre todo un blog personal, entra en crisis. O tal vez siempre ha sido oscura esa razón, pero ahora se vuelve más. La pregunta “¿a quién le interesa eso?” parece correr detrás de aquellos como yo que queremos (con el éxito ya demostrado hasta el momento) seguirle por ahí. Sin embargo en el pasado eso tampoco parecía quedar claro. A nadie nunca le ha interesado nada de esas vidas, ya mucho tenemos ocupándonos de los que conocemos como para ocuparnos de la hipotética vida de alguien que me es en general ajeno. La construcción de ese público no pasa por la necesidad de escribir un “querido diario” público, sino por obtener el aplauso del respetable o, llegado el caso, su abucheo. Hay una urgente necesidad de interlocución que verse sobre cualquier cosa, para al final concluir como en las buenas conversaciones con palmaditas en la espalda mutua que sirven como punto final transitorio, hasta la próxima vez que nos volvamos a encontrar.

O algo así.

Tres

¿Quiénes son las estrellas del momento? Aquellas que se dirigen a la generación de “nativos” de estas tecnologías de la información: los chavos nacidos en la segunda mitad de los años 90′s, esa insondable masa de quinceañeros que parecen (cito a una película muy mala del Universal Channel) “vomitados por Hello Kitty”. Me gustaría ponerle nombre a esa generación, pero temo que en cuanto se lo ponga este caiga en desuso. “Generación Justin Bieber”, “Era Lady Gaga”, “Juventud Werevertumorro”, son algunas propuestas. ¿Hay interlocución? No mucha. El consumo de entretenimiento es tal que la interlocución no es algo que siquiera se busque activamente. Veamos, como ya anticipaba, el ejemplo nodal: los videoblogs de youtube. Iniciaron, como siempre, como una solución a esa necesidad de “decir algo” y hacerse de un espacio en medio de tanto anonimato. Jóvenes con granos (otra vez) que empezaron a soltar ranteos aleatorios frente a la webcam, sin mayor guión que el de la vida misma. Como siempre ocurre, algunos empezaron a despuntar por la forma en que lo hacían: gritando, soltando chistes, adornándose. La cosa evolucionó hasta convertirse en el fenómeno que hoy conocemos: chavos cuyos granos ya están en retirada y que, al ver el éxito medido en número de visitas y de comentarios, empezaron a planear sus pasos meticulosamente, preparando guiones no muy intrincados pero si muy exitosos, haciéndose de pequeños equipos de producción que adornan aun más todo lo que se muestra, generando la risa fácil, alguna clase de identificación que aun no entiendo y la aparición de dudosos clubs de fans que esperan con ansias el día de publicación del nuevo video. Ahora el que habla en estos videoblogs ya no busca interlocución, sino mantener esa fama efímera y trasladarla a otros ambientes (con relativo éxito, ahí está de nuevo Werevertumorro, llenando teatros y foros por todo el país).

Lo único que me genera todo esto es flojera, aunque tal vez también un poco de antipatía precisamente por la falta de diálogo que, en contraparte, el blog personal si ofrece. Lo que pasa es que leer un post así de largo (así como este, vaya) “da flojera”, de acuerdo al testimonio inequívoco de mis alumnos de secundaria, ávidos consumidores del entretenimiento que les exponía en el párrafo anterior. Y no los culpo, finalmente, “¿a quién le interesa eso?”. A ellos no, aunque me encantaría que lo hicieran para que en vez de verme como alguien tan ajeno a “sus cosas”, me vieran como uno más que vive por aquí y que también puede decirles algo que puede significarles algo. A final de cuentas yo no digo nada para que nadie me lo tome en serio. Sólo soy yo y mis palabras, hasta ahí. Lo que haga cada quien con ellas será su muy personal problema. Pero precisamente eso quiero que hagan: que las lean y digan “meh” o digan “¡órale!”, no nada más que pasen de largo y listo. No voy a dejar de decir las cosas como las digo o como las pienso porque aquí el único lineamiento editorial que prevalece es “dale a tu cuerpo alegría Orión Arturo”.

Pero bueno…

Cuatro

Hacer apologías de lo que antes fue como algo mejor se ve muy mal, y ni que fuera yo “tan grande” como para andar con esos chistecitos. Claro que a mi también me preocupan cuestiones frivolas como no tener lectores, y claro que me encantaría tener más, pero la culpa de todo eso la tengo yo (tanto porque no escribo como porque cuando lo hago resulta simplemente imposible de leer), y no mis gestores de contenidos o mis guionistas. Lo único que me interesa en general es soltar pensamientos aleatorios, que alguien venga y diga algo en los comentarios y listo: empezar a conversar. Si nadie viene pues no pasa nada, muchos de los que andamos por acá (y por allá, afuera de las pantallas) ya estamos acostumbrados a hablar solos. Sólo es, diría mi padre, “por el sacrosanto derecho al pataleo”. Berrinchitos si quieren, pero son muy míos. Hoy, en un episodio más de “esas minorías sociales que me chocan” me le dejé ir a los vloggers y sus auditorios, pero no duden que el día de mañana vuelva a la programación normal y critique cualquier otra cosa o me queje de lo primero que se me ocurra o haga un nuevo tratado de mi, como suele ser costumbre en este blog.

Así que en general no esperemos mucho de nada. Ni de los vloggers, ni de su auditorio, ni de los blogs personales, ni de mi (menos de mi). Todos somos de lo más inofensivos. Acomódense en su silla y disfruten lo que quieran, total, que no esperaba menos de ustedes.

Letras, discursos y la falta de los mismos. Un análisis semiótico.

1

Los recuerdos de Barcelona me asaltan a cada rato en una especie de recuento que se hace al ritmo de “hoy hace un año” (“hoy hace un año”, por ejemplo, a estas horas, amanecía lunes y seguramente ya estaba viendo “Los Desayunos” de TVE, sin muchas cosas claras por delante). Es un ejercicio placentero, no lo niego, sin embargo mi naturaleza ¿nostálgica, inconforme? me recuerda constantemente las muchas asignaturas pendientes que dejé tras mi regreso: un último viaje en bicicleta, meter los pies al mar en Bogatell, dulcecitos de harina de garbanzo con los amigos de Sikunder. No sé cómo interpretar mis recuerdos, pero me da la impresión de que busco en ellos respuesta a las preocupaciones del presente.

2

“El presente”, como bien dice su tarjeta de presentación, es “bochornoso e incómodo”, a sus órdenes. Hace un año parecía que el hecho de no tener certeza de nada lo único que me generaba era una libertad increíble. Mi vida, aunque sistemática (o algo así), era un ejercicio libertario. Amaba mis paseos nocturnos (el famoso “cigarrito y a dormir”: ida y vuelta a la Sagrada Familia, tomara los cigarros que tomara) y la forma en que la brisa marina llegaba hasta mi colinita particular en Guinardó. Las mañanas se me iban en largas llamadas telefónicas a la burocracia catalana que nadie contestaba, pero ni eso parecía quitarme los buenos ánimos…uhm. Se supone que iba a hablar de “El presente” aquí, y el pasado acabo por imponerse. Urge un punto y a parte.

3

Decía: “El presente”. Mi presente, para más señas. De mañana, tarde y noche soy un responsable burócrata al servicio de múltiples “techos financieros”, aunque sólo en uno obtenga una paga a la que eufemísticamente llamaremos “decente”. Discurro de una escuela a otra con poca gracia y tratando de no dormir en el camión (miento: duermo, y mucho). Haber terminado la tesis fue una liberación simbólica muy importante aunque jamás la vi como un peso. El problema es precisamente eso, que al no haber sido un peso, hoy podría decir que “extraño” escribir mi tesis por lo que eso significa: una unión, frágil, con cosas que sí me gusta hacer y sobre todo recordar. Decía que discurro entre escuelas, y a veces se me cruzan los cables y acabo por decir tonterías. En días pasados exploté contra mis alumnos de secundaria por cosas tan elementales como que no dicen “mire” sino “ire”. Esos momentos son personalísimas alarmas que más me vale estar atendiendo, no vaya a lastimar a nadie.

4

Al final lo que queda es un personaje (yo) con ampollas en los pies, la garganta rota y un cansancio acumulado de miedo. Y además: con infinidad de “pendientes” (palabra de adultos para aducir falta de tiempo para lo que sea). Algunos más apremiantes que otros, pero todos me roban un poco de preocupación, así sea mi torre de películas o los dos artículos que ya prometí entregar “en tiempo y forma” y que ni siquiera he comenzado. Parecen nimiedades, pero al final terminan acumulándose de tal manera que logran que el aparente exceso de certezas que hoy me puebla sea pura pantomima. Sí las hay, y muchas, pero los grados de libertad se agotan y lo que me van quedando son “pendientes” y poco tiempo para solventarlos.

5

Cuando estuve en Barcelona leí dos libros que no entiendo por qué no había leído antes: “El derecho a la pereza” de Paul Lafargue y “Problemas de la vida cotidiana” de Lev Trotsky. En ambos, los marxistas de cepa debaten en torno a problemas comunes y corrientes que por cosas de Marx y Engels quedaron fuera de todo materialismo histórico: la alimentación, el descanso, la necesidad de producción, las relaciones interpersonales, incluso el amor. No había leído antes una posición tan abierta en torno a la vida y sus avatares por parte de nadie desde ese lado de la filosofía o la política. Parece que, al menos para Marx, todas estas son estructuras “dadas por hecho”, sobre las cuales poco se repara y que, al final, podrían incluso ser producto del modelo de producción capitalista. Al final, sea cierto esto o no, el marxismo debe dar una solución, y aunque polémica, resulta en esencia simple: parsimonia y congruencia. Lafargue defiende el derecho al no-trabajo, e incluso se va contra los que dicen que esta es la fase más acabada de la especie humana, diciendo que en realidad ésta será cuando las necesidades sociales se vean cobijadas por una sociedad del bienestar mutuo. Trotsky, por su parte, no renuncia al dogmatismo del trabajo (de hecho dirige sus reflexiones a un grupo de trabajadores soviéticos ávidos de literatura que les permita entender sus vida cotidianas), pero lo supedita a necesidades humanas más urgentes, empezando por la convivencia, que ante todo debe ser respetuosa de todos y consiente de su lugar histórico y su aportación en la revolución. ¿A cuento de qué viene todo esto? A que es esa la clase de vida que yo aspiro vivir, es mi revolución chiquita, en donde las certezas sean sustituidas por libertades. Creo que eso es en esencia lo que enseñan Lafargue y Trotsky con sus escritos. Una vida de congruencia pero sobre todo sosegada, sin mucho que arriesgar, en donde lo que importa, al final de cuentas, no es tener vida sino la forma en que es vivida.

6

Por supuesto que no estoy dispuesto a renunciar a nada de lo que tengo hoy en día para alcanzar tales fines. Antes bien, intento conciliar y darle gusto “al respetable” (quien quiera que sea). Vivo cansado y atosigado por una serie de cosas que en el corto plazo no sabré resolver, eso lo tengo clarísimo, y aun peor, estoy seguro que empeoraran. Pero al menos trataré de ponerle buena cara. A todo lo que se necesite le dedicaré su dosis de preocupación y sobre todo, su dosis de palabras. Ya me pondré a trabajar sobre todos mis “pendientes” escritos, espero que pronto, porque los plazos me apremian. Trataré de divagar más seguido. Y trataré de no olvidarlo, aunque en verdad no prometo nada. Seguramente en unos tres o cuatro meses volveré por aquí a quejarme por las mismas cosas de diario, con alguna anécdota interesante, o un recuerdo o una nueva canción que presumir. Al final, creo que eso será lo único rescatable de entre todo lo predecible que puedo llegar a ser.

Addenda (algunas horas después)

Leo y releo lo ya escrito y algo insiste en no parecerme bien. “Bleh”, pienso como mecanismo automático de defensa. Pero no sé, me pregunto…si, me pregunto si en realidad mis so called sentimientos son legítimos o producto de un artificioso ranteo azotado y orillado por cosas que me molestan (entre las que contamos, en estricto orden alfabético: renunciar a uno de mis trabajos…es todo). Ya lo descubriré.

Las pequeñas muertes del self: un tratado poco ilustrado

1. El fin y los medios
8 de Junio. Eran las 2:40 de la tarde (“3 menos 20″, me corregirían mis interlocutores catalanes) cuando terminé la parte de la tesis que me llevó a Barcelona. Al mismo tiempo, “The Bleeding Heart Show” de The New Pornographers marcaba exactamente 2:40, el tiempo exacto de la libertad. Después de eso todo fue llorar, gritar, bailar intensamente, tal vez como nunca. En esos breves segundos vacié todo lo que había ido recopilando en los pasados cuatro meses, desde el momento en que entré a la sala de espera en el aeropuerto de Guadalajara hasta ese justo instante, y fui capaz de ver un poco hacia adelante algunas escenas aleatorias del futuro, despidiéndome de las playas, caminando por las ramblas, tomando batido de mango en Raval. Ya saben, pequeños y últimos placeres de unos últimos días vividos intensamente. “The Bleeding Heart Show” nunca dejó de sonar, y siempre que llegaba al 2:40, mi cuerpo me obligaba a prorrumpir en giros frenéticos y brincos desquiciados en donde quiera que me agarrara (las salidas del metro eran mis favoritas).

Y aun en esa algarabía, me di el lujo de morir un poquito.

No lo digo por el esfuerzo o el tan mencionado “sacrificio de la distancia”, del que tantos auto llamados “mexicanos en el exilio” se sienten víctimas. A mi me matan otras cosas. Las llamo “promesas”, y dejé muchas de esas en Europa. Y me matan porque intenté que fueran lo más parecido a mi, para que cuando vuelva (si es que vuelvo) pueda identificarlas y decir “aquí estoy”. Son mis peregrinajes particulares. Los que a veces no tienen sentido, pero bueno, a final de cuentas yo me pregunto: ¿qué lo tiene?

2. Curioso elemento el tiempo
Distintos heraldos van anunciando la inminente adolescencia de mi hermana, la que por insistencia mía sigue siendo “la más pequeña de ellas”, y nada más por eso. Está por salir de la primaria, aunque su vocabulario y fino sentido del sarcasmo la acerca más a un estudiante de licenciatura con iniciativa. Verla crecer me hace pensar en mi, sin contar además con que Selene se ha dedicado en últimos días a preguntarme cosas verdaderamente hilarantes sobre el pasado, como cuándo me dejé por primera vez la barba o por qué Zidane se retiró de jugar tras la final del 2006. Sin querer uso su edad como escala de medición propia y ajena bajo una sencilla premisa: “cuando tú tenías x años…”. Prefiero pensar en su edad que en los años concretos en que sucedieron por mera conveniencia cronológica: es menos violento decirle que me esquincé por primera vez el tobillo cuando ella tenía 3 años que a admitir que esto fue en el 2001. Usar escalas personales es una forma más íntima de medir el tiempo, más propia. Los años civiles siempre me han causado mareos desproporcionados.

En familia siempre hemos tenido un gusto muy particular por ir a ver la última película animada en el cine, y siendo francos debemos agradecérselo un poquito a Selene, quien llegó justo a tiempo como pretexto para alargar la tradición (Karen y yo parece ser que “ya estábamos grandecitos” para esas cosas en dicho momento). No recuerdo cuál fue la primera película que fuimos a ver con ella, pero si me acuerdo muy bien de cuando fuimos a ver Toy Story 2. Selene disfrutó a la “Barbie Guía” y el detallazo de sus mejillas entumecidas al final de los créditos. Luego la introducimos a la primera película de la saga, de la que frases como “quiero montar el pony” o “cerdo inculto” ya eran parte del vocabulario familiar desde años atrás. El pasado y el presente convivían en justa armonía.

Revisando ese pasado me encontraba hoy cuando en familia fuimos a ver Toy Story 3. Los tres hermanos ya entrados en años (y al menos yo en canas, como testifican recientemente mi cabello y barba) y mis padres, aun jóvenes para los estándares de nuestros contemporáneos. Ahí estábamos, en silencio. Mi hipótesis es que al mismo tiempo recordábamos. Yo lo hacía. Me iba hasta la primera parte cuando tenía 9 años y saltaba en los sillones viendo una y otra vez el VHS pirata de la película, y luego a la segunda, ya descrita en el anterior párrafo, y luego al presente. Y los veía a todos, incluyéndome, y lloraba un poquito más de lo que ya de por sí lo hacía. En silencio y con los ojos acuosos, así estábamos los cinco. Habián pasado 15 años desde el primer “Yo soy tu amigo fiel”. Y me sentí viejo, “ya muy grandecito para estas cosas”, en efecto. Pero me gustaba sentirme así. Llorando otra vez, aunque esta vez con la danza en la cabeza. Lloraba y era como si me despidiera de los juguetes (la mente me traicionó y me llevó hasta mi cuarto, donde mis figuras de Star Wars algún día pasarán a propiedad de algún hijo mío), o mejor aun, de mi infancia. Ese niño panzón e imberbe de 1995 vino a decirme que estaba bien y que lo llamara pronto, que me juraba que iba a volver. Y más le vale que lo haga, estoy seguro que lo voy a necesitar.

3. La muerte de la ocurrencia
Hoy todo mundo se acuerda de la opinión que Octavio Paz tenía sobre Carlos Monsivais: “él no tiene ideas, tiene ocurrencias”. Alguna vez le conté de esto a mi madre y se arracó riendo. Desde entonces, cada que alguno de sus hijos sale con alguna puntada (por no decir algo peor) nos aplica la de “tú como Monsi…”, y ni hablar. Ahora que se nos muere (porque si, la gente “se nos muere”, “se nos va”, porque si queremos a la gente aunque no la conozcamos, es nuestra, no es un problema con los pronombres), el comentario se ha tornado un poco luctuoso.

Voy a extrañar a Monsivais, ese peculiar personaje que lo mismo te irrita o te simpatiza. En Estados Unidos su persona hubiera sido el blanco favorito de bullies y abusadores conexos. Por eso nació en México, supongo, lugar de personajes tan fascinantes como él (cifra aun por determinar, esperaremos a que termine el actual Censo para tener un dato preciso). Voy a extrañarlo porque se tomaba las cosas con simpleza, suscribiendo todas las luchas como ajenas. Me opongo a la Poniatowska que no se hartó de eulogizarlo como un luchador social incansable. Monsivais se cansaba, y mucho, como cualquiera de nosotros. Por eso optaba por escribir. Mantenía su humanidad lejos de los problemas pero cerca de donde se dicen cosas interesantes: la vida misma. Sus momentos cumbres son casi tan olvidables como los de cualquier otro: su cabello irredento, su aversión por el traje y la corbata (y que cuando se puso uno no dejó de ser una sorpresa para todos quienes se dieron cuenta), su impuntualidad (llegó tarde a Tlatelolco aquel 2 de Octubre) y su carácter tilichento, mexicanísimo, coleccionista de todo cuanto llegaba a sus manos, idéntico a cualquier madre o tía o abuela que conozcamos. Papelitos, credenciales, muñequitas de yeso, juguetes de la infancia, recortes del Excélsior, fotografías de López Mateos con Kennedy o de Tongolele con sus caderas…

Si, lo voy a extrañar. Espero con ansias la llegada de un nuevo cronista (me declaro aspirante, razón aquí), mientras tanto, procedo a sumirme en el luto obligado por su muerte: letras. Las mías son más bien barrocas, pero espero queden bien para la ocasión. No espero hablar mucho de muerte, sino de la vida que siempre la rodea y nos obliga a bailar en los momentos más indecibles, o a recordar las cosas más bochornosas. Aquí dejo un ejemplo.

Berlín: notas desde el muro (mental)

Berlín sigue dividido en la mente de quienes no vivimos en Berlín. La Wikipedia insiste en resaltar fenomenos como la Ostalgia o el Muro Mental que divide a la gente de la ciudad, los graffitis se plagan de referencias a la vieja Alemania Oriental y a los turistas se les ofrece en las tiendas de souvenirs lo mismo uniformes del ejército rojo que auténticos carros Trabant restaurados y listos para ser enviados a cualquier lado del mundo.

Como en cualquier otra ciudad, las leyendas negras se suceden una tras otra, y a los turistas les encanta escucharlas: que si Hitler sobrevivió a la guerra, que si los comunistas contrataron nazis, que si los tuneles secretos debajo del Muro que guardaban armas nucleares. Raro es el visitante que llega con preguntas, que quiere descubrir lo que hay detrás de las historias. Nada, eso no existe. La ignorancia llegaba a tal punto que un grupo de turistas estadounidenses se acercaron a un punto de información a preguntar sobre la casa de Anne Frank.

Pero fuera de todo eso, Berlín, como toda buena capital contemporánea, es una ciudad rampante, pero al mismo tiempo apasible. Te invita a tomar las cosas con calma. Esa parsimonia berlinesa muy pocas personas tienen la oportunidad de experimentar. Y es ahí donde empiezan a sonar las otras historias, las que si quieres están plagadas de “al amigo de un amigo” o “al vecino de mi tía”, pero que son más directas, son parte del día a día de estas personas. Y claro, las historias empiezan a cobrar nombre y apellido. Chicos que cuando jugaban en la calle rompían vidrios, y con los años se convirtieron en una víctima más de los guardias fronterizos apostados en el Muro. Son historias que a la gente le provoca dolor. Y de cuando en cuando aparecen en las pláticas cotidianas, pero no parece haber división entre dos supuestas culturas diferentes (la de Berlín Oriental y la de Berlín Occidental). Si la hay, es la más común de todas, la de rivalidad que puede existir entre dos barrios de una misma ciudad (pregúntenlea al DF más allá del Periférico que opina de los que viven dentro de él, o a los que viven al oriente de la Calzada Independencia de sus vecinos al poniente en Guadalajara). Fuera de eso, lo que hay es una fraternidad increíble, compartida en el dolor de la división. Los berlineses son distantes como casi cualquier otro alemán, pero tienen un sentido de la proxemia muy particular, muy dado a la plática y a compartir una visión de la ciudad que muy pocos llegan a conocer.

Por supuesto, cada vez más esas historias son parte del decir popular, de los abuelos incluso, y lo que va quedando es la versión turística que por cierto también es la que mejor conocen los jóvenes. Por eso Berlín no deja de ser una ciudad más en el mundo, porque su historia, como la de tantas, desaparece en el mar de la indefinición y la inmediatez, de la foto fácil para subir a Facebook.

Hay quien quiere quedarse con esa idea. No los culpo, es más fácil y más cómoda. Yo me quedo con el afecto berlines, tan sui generis todo él. Me quedo con mis paseos por el Tiergarten y con esa noche solitaria en que nos perdimos por Alexanderplatz, pensando en los espíritus de los famosos (Marx, Engels, Weber, Hitler, Roosevelt, Churchill…) pero también en los de los anónimos, escritores involuntarios de la historia de Berlín.

(…)

Tal vez la mejor reseña de Berlín y su gente la hace Miguel Ángel García de TVE en su blog:

“Soy un ciudadano de Berlín”. JFK llevaba apenas unas horas en Berlín Oeste cuando se declaró berlinés. Al otro lado del muro, un hombrecillo verde, con un impecable sombrero ya pasado de moda, cruzaba airoso las calles del Berlín Este, por aquel entonces apenas habitadas por tranvías llenos de proletarios.

45 años después el Ampelmann se ha ganado a golpe de paseo el ser uno de los símbolos de esta ciudad, y probablemente, la herencia más perdurable de la extinta DDR.

El perfil apresurado parece sugerir que él nunca tuvo intención de saltar el Muro, seguramente se conformaba con mirarlo de reojo, como imagino que miraban la mayor parte de los habitantes del Berlín de hace unas décadas, una gran mayoría espías profesionales o vocacionales.

Y ahora que ya no hay muro, el Ampelmann refleja como nadie el espíritu de esta ciudad donde no te sientes extranjero cruzando semáforos. Porque Berlín es eso: un poblachón prusiano abierto por los cuatro costados, donde sopla el viento del Oeste y se camina de espaldas al Este. Pero el Este también existe y ahora tiene más nombres: desde la Desembocadura del Danubio, hasta los Alpes, pasando por el Rin, el Elba y el Mar Báltico. Para uno que ha nacido cerca del límite del Oeste todo es Este.

Y Berlín es la única ciudad que ha sido, y sigue siendo, las dos cosas y donde cualquiera, al poco de llegar puede decir eso de “Ich bin ein Berliner”.

Die Ampelmann

La simplicidad y sus recursos

A mi me da mucha risa ver (o leer) a la gente y como se complica la vida. Cantidades importantes de ancho de banda, sólo por poner un ejemplo, se consumen día a día en metroflogs, blogs y twitters de la más diversa calidad recordando a quienes los visitan lo terriblemente atormentadas que son las vidas de quienes los escriben. Luego hay más, porque los que leen al atormentado en cuestión se convierten en una legión de plañideras solidarias con el dolor de éste, y entonces ya no sabe uno bien si esta clase de penas son recursivas o solamente derivativas.

Desafortunadamente, aprendí a ya no tolerar a esa gente (ni a los que escriben ni a los que leen, que muchas veces también escriben en sus propios rincones del dolor). Después de pasearme por esas cañerías durante un muy buen tiempo me di cuenta que estaba perdiendo más de lo que ganaba. Porque uno no aprende nada flagelándose, pues deliberadamente se nubla la vista a cosas nuevas o brillantes…o simples. Para estar “triste” (o algo así) se necesita una fuerte inversión de pensamiento y mover muchos músculos para al finar no moverse y no hacer nada (conozco a gente que lleva DÉCADAS en tan singular estado de las cosas). La mente está en constante revolución, pero en una forma ociosa y poco productiva. Cuando uno decide más o menos concientemente no ser eso (porque “ser feliz” es una aspiración utópica totalmente infantil) las cosas son más sencillas pues para empezar no se le exige ni al cuerpo ni a la mente trabajar a esos ritmos tan acelerados que demandan sentimientos adversos. Y a quienes digan que son (no están, son) tristes porque el mundo los hizo así, pasen a la ventanilla tres por su dosis diaria de cachetadas guajoloteras, y luego a la cuatro para que me siga riendo de su nada-fina estampa.

La vida es simple por definición y naturaleza. Son la ciencia, las artes, la tecnología los factores que la hacen artificialmente compleja. No se puede prescindir de nada de eso, pero se pueden utilizar para hacerte la vida más cómoda (no más fácil, porque eso sería entonces fetichizar a cosas como el iPhone o tu pantallota de plasma de 42 pulgadas, cosa que si sucede), para interpretarla mejor, para sacarte una sonrisa aunque sea. Eso ya tiene un valor para mi.

Quisiera no juzgar a todas esas personas que podrían corresponderse con todo lo dicho aquí, pero la verdad es que es imposible, son parte de esa humanidad en la que no creo, en la que no confío y en la que por nada del mundo depositaría ni un gramo de responsabilidad (de emocionalmente-inestables están llenos los ministerios). La mayor parte del tiempo me dan risa, de esa que jode, y entonces alzo una ceja socarrona y me impido participar en sus cadenas de amargura por un purititito respeto etnográfico que me queda por la gente ajena a mi, y nada más por eso.

Los movimientos estudiantiles latinoamericanos: la ¿arcaica? pugna por la libertad

Hace unos años, cuando estaba en la Universidad, fui algo muy parecido a un “líder estudiantil”. La cosa era bastante sui generis, había entre los miembros de la entonces Asamblea una cierta nostalgia por las viejas formas de los partidos obreros (eufemismo posmoderno para referirse al Partido Comunista y similares). Era una suerte de coordinador cuyos poderes estaban fuertemente acotados por los estatutos (una leyenda urbana que se transmitía de boca en boca, éramos una desgracia para la sociología weberiana), contando entre mis responsabilidades la de gestionar la “vinculación” de la Asamblea con “los movimientos sociales” aledaños a nosotros, entre muchas otras cosas. Resalto esta tarea porque era la que más conflictos me generaba, por la naturaleza de las actividades que suponía.

En primer lugar, no me quedaba claro que era un “movimiento social”. Teóricamente, la sociedad por sí sola es una masa en movimiento (ay San Berger, ay San Luckmann, no me desamparen). Mi analogía de primer año de licenciatura no me sirvió en lo absoluto, como podrán adivinar. A tiras y tirones tuve que reconocer en el zapatismo, el altermundismo, las juventudes comunistas y los sindicatos independientes a esos movimientos sociales de los que tanto me hablaban. Mis habilidades de recién estrenado tanto en los oficios de la sociología como en los del liderazgo estudiantil me llevaron a otra sencilla conclusión: lo único que parecían tener en común estas expresiones era su marcado descontento por algo, lo que fuera. El sistema, el mercado, el Estado…y así hasta el infinito. Estos movimientos, también, parecían ser de algo que se parecía mucho a la izquierda, el socialismo o al menos el progresismo, lo cual me quedaba más claro pues como diría Martí “conocí al monstruo desde adentro”. Pero aun conociéndolo, me seguía pareciendo simplista. Era como si la labor de un “movimiento social” era ubicarse en un espectro político “X” con una serie de demandas que tendrían que solventarse, so pena de un estallido social inminente (otra cosita dominguera que espero con más detalle elaborar en otra ocasión). ¿No podía haber un movimiento social feliz por el estado de las cosas? Resulta difícil concebirlo, pero puede haberlo. Mejor aún, ¿qué tal un movimiento social de derecha? Estas dos cuestioncitas me tenían muy ocupado cuando, en una junta con un grupo de zapatistas, me surgió una más profunda.

Todo empezó cuando me di cuenta que no tenía ni idea de qué estaba haciendo en una reunión de zapatistas. Escuchaba puntos de un programa para el establecimiento de la autonomía indígena, el respecto a los Acuerdos de San Andrés y demás, cosas que más o menos conocía, pero que (y ahí es donde empezó mi cuestionamiento) no me correspondían en el estricto sentido de la palabra. Es decir, es muy padre que como estudiantes de una ciencia social estemos vinculados con esta clase de experiencias, pero yo al menos en mi entonces posición como “representante de un movimiento estudiantil” sentía que mi aportación era nula, y que la aportación que podía hacer el zapatismo a las “causas” de mi movimiento (si es que las teníamos) era idéntica. En la Asamblea pedíamos respeto a la autonomía universitaria, no al aumento a las tarifas del transporte público, respeto y diversificación de las opciones políticas estudiantiles y descentralización de la representación, así como cosas menos sofisticadas como que no nos quitaran del programa de estudios la clase de Lengua Extranjera III y que ampliaran el horario de atención del laboratorio de cómputo. ¿Le interesaban a los compañeros zapatistas, a los compañeros de las Juventudes Comunistas? Discursivamente no lo dudo, pero programáticamente les daba lo mismo. Que un laboratorio de cómputo esté abierto más tiempo no es exactamente un paso contundente hacia la consolidación de la dictadura del proletariado.

Cuando estuve en Argentina el año pasado, participé en un foro de representantes de movimientos estudiantiles en Latinoamérica en donde expuse el estado de las cosas que había la última vez que yo me asomé a una Asamblea (no recientemente, por cierto). En algún punto de la discusión, un compañero chileno nos invitó a dejar la reflexión y a “radicalizarnos”, pues decía que las cosas estaban muy mal y había que hacerlo, que era nuertro deber como miembros de un movimiento estudiantil. A mi de por sí la palabra “deber” siempre me ha parecido muy sospechosa, pero en ese momento lo fue más por las preguntas que ya me venía haciendo desde antes. Cuando tomo la palabra para contestar al comentario hecho por el compañero, recordé una idea demoledora que me compartió hace muchos años Agustín, hablando de la matanza de Tlatelolco: “la verdad es que podemos llenarnos de grandes palabras y hacer marchas y discursos, pero lo cierto es que los baños siguen sucios”. Razones para radicalizarse sobran en este mundo, pero si no podemos pugnar por lo básico en nuestros ámbitos cotidianos de acción, ¿cómo aspiramos a hacer más por otros espacios en donde nuestra participación se reduce a nada? El argumento que me dan los puristas de estas cosas es que al apoyarnos mutuamente garantizamos reconocimiento y legitimidad, así como cooperación en las causas mutuas. Me resulta difícil de creer. Fuera de fines pragmáticos (vgr. la alianza electoral PRD-PAN), no se me ocurre una manera real en que un movimiento “x” pueda incidir en un movimiento “y” siendo ambos de naturaleza disímbola. Firmando desplegados y “marchando juntos” las cosas no se resuelven. Ni las propias, ni las ajenas. Siendo parte de un “movimiento estudiantil”, las cosas que nos tocan son claras, se reducen a un sencillo (pero complejo al mismo tiempo) proceso de ordenar las cosas en función de lo que se aspira a ser como sociedad, y yo dudo que esa sociedad (lo que quiera que signifique) quiera tener baños sucios, bancas destartaladas y profesionistas tan o mal pagados como sus profesores universitarios. Pugnar por una educación democrática me parece una buena bandera, indignarse por lo que sucede en otras latitudes y a otras personas no sólo es adecuado sino justo, pero uno no puede salvar a todo el mundo al mismo tiempo.

Si pensamos además que muchos de estos movimientos estudiantiles no son más que estructuras membretales compuestas de panfletos, consignas (o cánticos cuasi-futboleros repetidos cual mantra hipnótico al ritmo de tambores, como ahora se estila) y “líderes”, nos topamos con una situación más descafeinada. Recuerdo que al finalizar la planearia allá en Buenos Aires, se nos invitó a una fiesta en donde se iban a recaudar recursos para costearle el viaje a una comitiva argentina para viajar a Honduras a apoyar en las protestas por el golpe contra Zelaya. Y mientras tanto, su universidad y la mía se caen a pedazos por que nadie en años ha sido capaz de reparar una puerta, atornillar una ventana, darle mantenimiento a una butaca o pintar los pizarrones de verde, y por que nadie, además de todo, ha sido lo suficientemente enérgico para exigir transparencia y educación democrática. Es fácil exigirle al Estado educación gratuita, y lo hacemos, pero es contradictorio al mismo tiempo cantar y pronosticar su futura muerte y sustitución por algo que nadie sabe bien a bien qué forma tiene, pero ah cómo emociona.

Supongo que es mucho pedir. La congruencia y la libertad son pugnas propias de aquellos cuyas naturalezas están atadas a designios totalmente contrarios. Supongo que por reconocerme así es que ya me he dedicado a dudar de todo cuanto veo y a perder toda esperanza en la humanidad y en los que se dice están llamados a revolucionarla: los jóvenes (y en mi como parte de ellos). Hoy en día aspiro a explicarme las cosas de una manera en que pueda entenderlas yo mismo, no respondo por los demás. Si mis elaboraciones en algo pueden ayudar, ahí están a su disposición, siempre han tenido Creative Commons. No es un pensamiento ortodoxo (esos puristas de los que hablé antes me lo han hecho saber en repetidas ocasiones), pero me es funcional. ¿Y qué hay con los movimientos sociales? Bueno, hay que estar ahí para entenderlos, el ahora llamado “activismo facebook” hace que las contradicciones de las que hablé antes hoy en día se profundicen, para horror de nuestra especie. La tarea de mantenerse firme en un mundo como el de hoy tal vez no es tan vistosa como la de un movimiento social que se mueve y es visible y puede generar toda clase de comentarios y posiciones, pero es quizás más valiosa por todo lo que implica. ¿Qué tanto? No sé, apenas lo estoy descubriendo.

La red familiar y sus recursos

Hace unos minutos agregué al messenger a mis primeros contactos pertenecientes a lo que los estudios conocen como “familia extendida”. En concreto, unas tías (deben serlo, son primas de mi papá). Se siente bonito de entrada, son más jóvenes que yo pero no lo suficiente para no poder hablar civilizadamente con ellas. Las ocasiones en que coincidimos, se platica bastante lindo. Se interesaron por mi próximo viaje y yo por sus cuitas.

La cosa es que nunca he sabido como lidiar con la familia en general cuando me la encuentro en terrenos electrónicos. Se me hace bolas el engrudo pensando en temas de conversación medianamente interesantes. Yo no soy como la mayoría de ustedes que tiene grandes historias con sus primos y toda su familia, que departen en comidas y salen los sábados por la noche. Yo en realidad me muevo con la familia como en todos lados: como un extraño no tan lejano, que observa y apenas participa, derrochando galantería y sonrisas a destajo (oh si). Llevo un rato pensando, y tal vez use a mi hermana de ariete para llegar a intercambiar comentarios con ellas. No sé.

Con todo esto no hago otra cosa más que demostrar que lo mío es vivir en una cueva, y no por gusto sino por necedad.

Variaciones en torno al derecho consular español

La verdad es que son una bola de hijos de la chingada los que trabajan en el, ajem incluido, Consulado General de España. Pero como no puedo decirlo eso de manera tan cruda, tendré que matizarlo un poco: “la calidad de su atención y servicio ameritaría una llamada de atención de Sus Majestades, Don Juan Carlos y Doña Sofía, por gracia de Dios reyes de España”.

Y eso apenas es lo suficientemente mamón como para afirmar que sí lo dije yo.

En fin, el tiempo corre y yo sigo sin visa y sin boleto de avión, sin flor y sin florero.

(Acabo de recordar que no me han respondido un correo electrónico, ay Dio’)

Me voy a Barcelona, cuatro meses, a hacer una estancia de investigación. Digo, por si se lo preguntaban. Si alguien sabe la manera en que puedo mandar a la chingada acelerar el trámite en el Consulado, harto se lo agradeceré, y mi hígado también.

Las estrategias discursivas de lo simbólico

Siempre me pasa cuando me desvelo, sobre todo en estas épocas: acabo viendo o leyendo algo que detona los más variados sentimientos. Como si los necesitara. Tengo que revisar en los próximos días unos 36 ensayos finales de variada calidad y escribir, al menos, tres capítulos de mi propia tesis con pronóstico reservado. Como se ve, la cosa está que arde, pero en vez de ponerme a trabajar, esta noche vi dos películas malitas tirando a no-tan-peores: “Wilde” con Stephen Fry (un tanto acartonado, pero delicioso como siempre) y “El Pico de Dante”, churro palomero con Linda Blair (¡porque si hay vida después de Terminator!) y Pierce Brosnan.

El balance tras perder tan impunemente el tiempo ni vale la pena hacerlo. Está probadísimo que con o sin películas, no hubiera escrito o leído ni una sola palabra. Así que sólo fue una manera un tanto más sofisiticada de hacerme pato, sólo que en vez de estar contando las arañas de mi techo, vi The Film Zone y, me parece, TVC Platino.

(…)

Tal vez sea difícil de creer, pero justo estaba a punto de escribir que secretamente he estado deseando que llueva tupido, cuando se arranca la llovizna. O bueno, algo así. La verdad es que se escucha un poco más seria esta lluvia. Ojalá nos/me regale una buena sorpresa.

(…)

Voy haciéndome de mi lugar en la cama. Ahora sí.

Fin de semana (por fin)

(A partir de la próxima semana empezaré a titular mis posts con nombres extraidos de la literatura sociológica. Todo lo anterior sin razón o motivo aparente.)

El balance de Puebla aun no lo termino de hacer. Sólo puedo resaltar el hecho de que siempre, no importa como, la peor de las ciudades siempre se muestra más amable cuando tienes la oportunidad de compartirla. Agustín tal vez es el peor de los guías turísticos, pero es un excelente escucha y mejor aun, un conversador agudo y sagaz que se esforzará por mantener puntos de vista insostenibles con tal de seguir conversando (y de chingar, claro, por qué no). Me declaro privilegiado en ese sentido. Con todo y las diferencias, tenemos más cosas en común de las que parecen: un amor incontenible por lo que tenemos, lo que hacemos y por aquellas personas a quienes hemos dejado entrar en nuestras vidas. Como siempre, la despedida se hizo entre promesas de volver a Puebla o de venir a Guadalajara, siempre en mejores circunstancias. La magia de tener amigos, nunca hay que olvidarla.

Debería decir que el regreso a Guadalajara fue terso, pero sería pecar de corto de visiones. La verdad es que fue de claroscuros por donde quiera que se le viera. A mediodía del viernes, fui a toparme con mi personalísima hora marcada: junta en el Centro (llamémosle así), lugar donde pretendo hacer trabajo de campo para mi tesis. El objetivo, aunque loable, no dejaba de ser persecutorio: conocer mi proyecto y sugerir las debidas modificaciones. Cada que recordaba esto último no podía evitar alzar una ceja en señal de reprobación o, al menos, profundo escepticismo. Por más que trataba de mejorar mi actitud, siempre esta fue terrible, esperando lo peor y más si era posible. A final de cuentas no me equivoqué. Aquello fue un intento de reproducir la Lección de anatomía de Rembrandt, sólo que el que debía estar muerto resultó muy respondón. Fue imposible generar un diálogo científico serio. El comité se erigió en jurado calificador y determinó por unanimidad la nulidad de mis argumentos, la impenetrabilidad de mis ideas, la incompetencia de mis profesores y asesores de tesis, la infactibilidad de mi proyecto y, por supuesto, la acientificidad de la sociología. Pero bueno, médicas a fin de cuentas, propusieron un remedio en apariencia bastante sencillo: me apego a su sabio consejo, hago las cosas como quieren, y santísimo remedio. A todo lo anterior asentí con una sonrisilla discreta, mandándolas a La Chingada en mis adentros.

No salí enojado de la junta porque en realidad no había motivos para sentirme así. La gente tan corta de perspectivas me da pena, y eso es peor para aquellos a quienes les dedico tan peculiar sentimiento, porque de automático les he perdido el respeto que, tal vez, alguna vez les tuve. Todo apunta a que tendré que cerrar la fuente, pero como ya lo dije, eso lejos de afectarme me hace sentir a gusto. Si todo sale bien, en mi tesis habrá una dedicatoria al Centro, que dirá más o menos que “al cerrarme las puertas, me abrieron las perspectivas”. Si, si, si. Mucho drama, pero así estoy hecho.

Después de ahí, comida con Laura en un KFC. Dudosa la elección, por supuesto, pero valió la pena. El lugar que escojimos estaba bien ubicado, daba buena vista a la calle, la oportunidad de hablar y reir y ponernos al día (touché). La sobremesa se alargó más de lo debido, producto de la plática y de tantas cosas más que siempre hay que compartir con quien se quiere y que lo mejor siempre es vivir despacio para no perder detalles. De ahí, al Instituto a encontrarme con Gil, otro gran amigo quien me hizo el favor de suplirme en mis dos grupos. Después de platicar largo rato sobre los detalles de las sesiones, algunos pendientes y demás, pasamos la tarde cigarro tras cigarro recordando los tiempos en que fuimos más adolescentes que nunca (la facultad), hablando de los viajes, las juntas, el fallido acto académico, las presiones de la tesis…la vida misma. Esa que tanto se empeñaron en ver Schutz, Goffman, Berger y Luckmann, pero que quizás de tanto ver se olvidaron de vivir las propias. Pero no lo sé, sólo lo intuyo. Yo intento ver y vivir la mía con el debido ritmo, con su propia pompa y circunstancias. Con sus rostros y voces que la componen. Esta semana, difícil por demás, estuvo compuesta por muchos rostros y voces. Me quedo con los más familiares, con los de los amigos y el amor. Personas con las que, promesa o no de por medio, siempre hay la esperanza de vivir y revivir todo lo que vale la pena.