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Las pequeñas muertes del self: un tratado poco ilustrado 20 June 2010

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1. El fin y los medios
8 de Junio. Eran las 2:40 de la tarde (”3 menos 20″, me corregirían mis interlocutores catalanes) cuando terminé la parte de la tesis que me llevó a Barcelona. Al mismo tiempo, “The Bleeding Heart Show” de The New Pornographers marcaba exactamente 2:40, el tiempo exacto de la libertad. Después de eso todo fue llorar, gritar, bailar intensamente, tal vez como nunca. En esos breves segundos vacié todo lo que había ido recopilando en los pasados cuatro meses, desde el momento en que entré a la sala de espera en el aeropuerto de Guadalajara hasta ese justo instante, y fui capaz de ver un poco hacia adelante algunas escenas aleatorias del futuro, despidiéndome de las playas, caminando por las ramblas, tomando batido de mango en Raval. Ya saben, pequeños y últimos placeres de unos últimos días vividos intensamente. “The Bleeding Heart Show” nunca dejó de sonar, y siempre que llegaba al 2:40, mi cuerpo me obligaba a prorrumpir en giros frenéticos y brincos desquiciados en donde quiera que me agarrara (las salidas del metro eran mis favoritas).

Y aun en esa algarabía, me di el lujo de morir un poquito.

No lo digo por el esfuerzo o el tan mencionado “sacrificio de la distancia”, del que tantos auto llamados “mexicanos en el exilio” se sienten víctimas. A mi me matan otras cosas. Las llamo “promesas”, y dejé muchas de esas en Europa. Y me matan porque intenté que fueran lo más parecido a mi, para que cuando vuelva (si es que vuelvo) pueda identificarlas y decir “aquí estoy”. Son mis peregrinajes particulares. Los que a veces no tienen sentido, pero bueno, a final de cuentas yo me pregunto: ¿qué lo tiene?

2. Curioso elemento el tiempo
Distintos heraldos van anunciando la inminente adolescencia de mi hermana, la que por insistencia mía sigue siendo “la más pequeña de ellas”, y nada más por eso. Está por salir de la primaria, aunque su vocabulario y fino sentido del sarcasmo la acerca más a un estudiante de licenciatura con iniciativa. Verla crecer me hace pensar en mi, sin contar además con que Selene se ha dedicado en últimos días a preguntarme cosas verdaderamente hilarantes sobre el pasado, como cuándo me dejé por primera vez la barba o por qué Zidane se retiró de jugar tras la final del 2006. Sin querer uso su edad como escala de medición propia y ajena bajo una sencilla premisa: “cuando tú tenías x años…”. Prefiero pensar en su edad que en los años concretos en que sucedieron por mera conveniencia cronológica: es menos violento decirle que me esquincé por primera vez el tobillo cuando ella tenía 3 años que a admitir que esto fue en el 2001. Usar escalas personales es una forma más íntima de medir el tiempo, más propia. Los años civiles siempre me han causado mareos desproporcionados.

En familia siempre hemos tenido un gusto muy particular por ir a ver la última película animada en el cine, y siendo francos debemos agradecérselo un poquito a Selene, quien llegó justo a tiempo como pretexto para alargar la tradición (Karen y yo parece ser que “ya estábamos grandecitos” para esas cosas en dicho momento). No recuerdo cuál fue la primera película que fuimos a ver con ella, pero si me acuerdo muy bien de cuando fuimos a ver Toy Story 2. Selene disfrutó a la “Barbie Guía” y el detallazo de sus mejillas entumecidas al final de los créditos. Luego la introducimos a la primera película de la saga, de la que frases como “quiero montar el pony” o “cerdo inculto” ya eran parte del vocabulario familiar desde años atrás. El pasado y el presente convivían en justa armonía.

Revisando ese pasado me encontraba hoy cuando en familia fuimos a ver Toy Story 3. Los tres hermanos ya entrados en años (y al menos yo en canas, como testifican recientemente mi cabello y barba) y mis padres, aun jóvenes para los estándares de nuestros contemporáneos. Ahí estábamos, en silencio. Mi hipótesis es que al mismo tiempo recordábamos. Yo lo hacía. Me iba hasta la primera parte cuando tenía 9 años y saltaba en los sillones viendo una y otra vez el VHS pirata de la película, y luego a la segunda, ya descrita en el anterior párrafo, y luego al presente. Y los veía a todos, incluyéndome, y lloraba un poquito más de lo que ya de por sí lo hacía. En silencio y con los ojos acuosos, así estábamos los cinco. Habián pasado 15 años desde el primer “Yo soy tu amigo fiel”. Y me sentí viejo, “ya muy grandecito para estas cosas”, en efecto. Pero me gustaba sentirme así. Llorando otra vez, aunque esta vez con la danza en la cabeza. Lloraba y era como si me despidiera de los juguetes (la mente me traicionó y me llevó hasta mi cuarto, donde mis figuras de Star Wars algún día pasarán a propiedad de algún hijo mío), o mejor aun, de mi infancia. Ese niño panzón e imberbe de 1995 vino a decirme que estaba bien y que lo llamara pronto, que me juraba que iba a volver. Y más le vale que lo haga, estoy seguro que lo voy a necesitar.

3. La muerte de la ocurrencia
Hoy todo mundo se acuerda de la opinión que Octavio Paz tenía sobre Carlos Monsivais: “él no tiene ideas, tiene ocurrencias”. Alguna vez le conté de esto a mi madre y se arracó riendo. Desde entonces, cada que alguno de sus hijos sale con alguna puntada (por no decir algo peor) nos aplica la de “tú como Monsi…”, y ni hablar. Ahora que se nos muere (porque si, la gente “se nos muere”, “se nos va”, porque si queremos a la gente aunque no la conozcamos, es nuestra, no es un problema con los pronombres), el comentario se ha tornado un poco luctuoso.

Voy a extrañar a Monsivais, ese peculiar personaje que lo mismo te irrita o te simpatiza. En Estados Unidos su persona hubiera sido el blanco favorito de bullies y abusadores conexos. Por eso nació en México, supongo, lugar de personajes tan fascinantes como él (cifra aun por determinar, esperaremos a que termine el actual Censo para tener un dato preciso). Voy a extrañarlo porque se tomaba las cosas con simpleza, suscribiendo todas las luchas como ajenas. Me opongo a la Poniatowska que no se hartó de eulogizarlo como un luchador social incansable. Monsivais se cansaba, y mucho, como cualquiera de nosotros. Por eso optaba por escribir. Mantenía su humanidad lejos de los problemas pero cerca de donde se dicen cosas interesantes: la vida misma. Sus momentos cumbres son casi tan olvidables como los de cualquier otro: su cabello irredento, su aversión por el traje y la corbata (y que cuando se puso uno no dejó de ser una sorpresa para todos quienes se dieron cuenta), su impuntualidad (llegó tarde a Tlatelolco aquel 2 de Octubre) y su carácter tilichento, mexicanísimo, coleccionista de todo cuanto llegaba a sus manos, idéntico a cualquier madre o tía o abuela que conozcamos. Papelitos, credenciales, muñequitas de yeso, juguetes de la infancia, recortes del Excélsior, fotografías de López Mateos con Kennedy o de Tongolele con sus caderas…

Si, lo voy a extrañar. Espero con ansias la llegada de un nuevo cronista (me declaro aspirante, razón aquí), mientras tanto, procedo a sumirme en el luto obligado por su muerte: letras. Las mías son más bien barrocas, pero espero queden bien para la ocasión. No espero hablar mucho de muerte, sino de la vida que siempre la rodea y nos obliga a bailar en los momentos más indecibles, o a recordar las cosas más bochornosas. Aquí dejo un ejemplo.

Berlín: notas desde el muro (mental) 7 May 2010

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Berlín sigue dividido en la mente de quienes no vivimos en Berlín. La Wikipedia insiste en resaltar fenomenos como la Ostalgia o el Muro Mental que divide a la gente de la ciudad, los graffitis se plagan de referencias a la vieja Alemania Oriental y a los turistas se les ofrece en las tiendas de souvenirs lo mismo uniformes del ejército rojo que auténticos carros Trabant restaurados y listos para ser enviados a cualquier lado del mundo.

Como en cualquier otra ciudad, las leyendas negras se suceden una tras otra, y a los turistas les encanta escucharlas: que si Hitler sobrevivió a la guerra, que si los comunistas contrataron nazis, que si los tuneles secretos debajo del Muro que guardaban armas nucleares. Raro es el visitante que llega con preguntas, que quiere descubrir lo que hay detrás de las historias. Nada, eso no existe. La ignorancia llegaba a tal punto que un grupo de turistas estadounidenses se acercaron a un punto de información a preguntar sobre la casa de Anne Frank.

Pero fuera de todo eso, Berlín, como toda buena capital contemporánea, es una ciudad rampante, pero al mismo tiempo apasible. Te invita a tomar las cosas con calma. Esa parsimonia berlinesa muy pocas personas tienen la oportunidad de experimentar. Y es ahí donde empiezan a sonar las otras historias, las que si quieres están plagadas de “al amigo de un amigo” o “al vecino de mi tía”, pero que son más directas, son parte del día a día de estas personas. Y claro, las historias empiezan a cobrar nombre y apellido. Chicos que cuando jugaban en la calle rompían vidrios, y con los años se convirtieron en una víctima más de los guardias fronterizos apostados en el Muro. Son historias que a la gente le provoca dolor. Y de cuando en cuando aparecen en las pláticas cotidianas, pero no parece haber división entre dos supuestas culturas diferentes (la de Berlín Oriental y la de Berlín Occidental). Si la hay, es la más común de todas, la de rivalidad que puede existir entre dos barrios de una misma ciudad (pregúntenlea al DF más allá del Periférico que opina de los que viven dentro de él, o a los que viven al oriente de la Calzada Independencia de sus vecinos al poniente en Guadalajara). Fuera de eso, lo que hay es una fraternidad increíble, compartida en el dolor de la división. Los berlineses son distantes como casi cualquier otro alemán, pero tienen un sentido de la proxemia muy particular, muy dado a la plática y a compartir una visión de la ciudad que muy pocos llegan a conocer.

Por supuesto, cada vez más esas historias son parte del decir popular, de los abuelos incluso, y lo que va quedando es la versión turística que por cierto también es la que mejor conocen los jóvenes. Por eso Berlín no deja de ser una ciudad más en el mundo, porque su historia, como la de tantas, desaparece en el mar de la indefinición y la inmediatez, de la foto fácil para subir a Facebook.

Hay quien quiere quedarse con esa idea. No los culpo, es más fácil y más cómoda. Yo me quedo con el afecto berlines, tan sui generis todo él. Me quedo con mis paseos por el Tiergarten y con esa noche solitaria en que nos perdimos por Alexanderplatz, pensando en los espíritus de los famosos (Marx, Engels, Weber, Hitler, Roosevelt, Churchill…) pero también en los de los anónimos, escritores involuntarios de la historia de Berlín.

(…)

Tal vez la mejor reseña de Berlín y su gente la hace Miguel Ángel García de TVE en su blog:

“Soy un ciudadano de Berlín”. JFK llevaba apenas unas horas en Berlín Oeste cuando se declaró berlinés. Al otro lado del muro, un hombrecillo verde, con un impecable sombrero ya pasado de moda, cruzaba airoso las calles del Berlín Este, por aquel entonces apenas habitadas por tranvías llenos de proletarios.

45 años después el Ampelmann se ha ganado a golpe de paseo el ser uno de los símbolos de esta ciudad, y probablemente, la herencia más perdurable de la extinta DDR.

El perfil apresurado parece sugerir que él nunca tuvo intención de saltar el Muro, seguramente se conformaba con mirarlo de reojo, como imagino que miraban la mayor parte de los habitantes del Berlín de hace unas décadas, una gran mayoría espías profesionales o vocacionales.

Y ahora que ya no hay muro, el Ampelmann refleja como nadie el espíritu de esta ciudad donde no te sientes extranjero cruzando semáforos. Porque Berlín es eso: un poblachón prusiano abierto por los cuatro costados, donde sopla el viento del Oeste y se camina de espaldas al Este. Pero el Este también existe y ahora tiene más nombres: desde la Desembocadura del Danubio, hasta los Alpes, pasando por el Rin, el Elba y el Mar Báltico. Para uno que ha nacido cerca del límite del Oeste todo es Este.

Y Berlín es la única ciudad que ha sido, y sigue siendo, las dos cosas y donde cualquiera, al poco de llegar puede decir eso de “Ich bin ein Berliner”.

Die Ampelmann

La simplicidad y sus recursos 10 March 2010

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A mi me da mucha risa ver (o leer) a la gente y como se complica la vida. Cantidades importantes de ancho de banda, sólo por poner un ejemplo, se consumen día a día en metroflogs, blogs y twitters de la más diversa calidad recordando a quienes los visitan lo terriblemente atormentadas que son las vidas de quienes los escriben. Luego hay más, porque los que leen al atormentado en cuestión se convierten en una legión de plañideras solidarias con el dolor de éste, y entonces ya no sabe uno bien si esta clase de penas son recursivas o solamente derivativas.

Desafortunadamente, aprendí a ya no tolerar a esa gente (ni a los que escriben ni a los que leen, que muchas veces también escriben en sus propios rincones del dolor). Después de pasearme por esas cañerías durante un muy buen tiempo me di cuenta que estaba perdiendo más de lo que ganaba. Porque uno no aprende nada flagelándose, pues deliberadamente se nubla la vista a cosas nuevas o brillantes…o simples. Para estar “triste” (o algo así) se necesita una fuerte inversión de pensamiento y mover muchos músculos para al finar no moverse y no hacer nada (conozco a gente que lleva DÉCADAS en tan singular estado de las cosas). La mente está en constante revolución, pero en una forma ociosa y poco productiva. Cuando uno decide más o menos concientemente no ser eso (porque “ser feliz” es una aspiración utópica totalmente infantil) las cosas son más sencillas pues para empezar no se le exige ni al cuerpo ni a la mente trabajar a esos ritmos tan acelerados que demandan sentimientos adversos. Y a quienes digan que son (no están, son) tristes porque el mundo los hizo así, pasen a la ventanilla tres por su dosis diaria de cachetadas guajoloteras, y luego a la cuatro para que me siga riendo de su nada-fina estampa.

La vida es simple por definición y naturaleza. Son la ciencia, las artes, la tecnología los factores que la hacen artificialmente compleja. No se puede prescindir de nada de eso, pero se pueden utilizar para hacerte la vida más cómoda (no más fácil, porque eso sería entonces fetichizar a cosas como el iPhone o tu pantallota de plasma de 42 pulgadas, cosa que si sucede), para interpretarla mejor, para sacarte una sonrisa aunque sea. Eso ya tiene un valor para mi.

Quisiera no juzgar a todas esas personas que podrían corresponderse con todo lo dicho aquí, pero la verdad es que es imposible, son parte de esa humanidad en la que no creo, en la que no confío y en la que por nada del mundo depositaría ni un gramo de responsabilidad (de emocionalmente-inestables están llenos los ministerios). La mayor parte del tiempo me dan risa, de esa que jode, y entonces alzo una ceja socarrona y me impido participar en sus cadenas de amargura por un purititito respeto etnográfico que me queda por la gente ajena a mi, y nada más por eso.

Los movimientos estudiantiles latinoamericanos: la ¿arcaica? pugna por la libertad 28 January 2010

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Hace unos años, cuando estaba en la Universidad, fui algo muy parecido a un “líder estudiantil”. La cosa era bastante sui generis, había entre los miembros de la entonces Asamblea una cierta nostalgia por las viejas formas de los partidos obreros (eufemismo posmoderno para referirse al Partido Comunista y similares). Era una suerte de coordinador cuyos poderes estaban fuertemente acotados por los estatutos (una leyenda urbana que se transmitía de boca en boca, éramos una desgracia para la sociología weberiana), contando entre mis responsabilidades la de gestionar la “vinculación” de la Asamblea con “los movimientos sociales” aledaños a nosotros, entre muchas otras cosas. Resalto esta tarea porque era la que más conflictos me generaba, por la naturaleza de las actividades que suponía.

En primer lugar, no me quedaba claro que era un “movimiento social”. Teóricamente, la sociedad por sí sola es una masa en movimiento (ay San Berger, ay San Luckmann, no me desamparen). Mi analogía de primer año de licenciatura no me sirvió en lo absoluto, como podrán adivinar. A tiras y tirones tuve que reconocer en el zapatismo, el altermundismo, las juventudes comunistas y los sindicatos independientes a esos movimientos sociales de los que tanto me hablaban. Mis habilidades de recién estrenado tanto en los oficios de la sociología como en los del liderazgo estudiantil me llevaron a otra sencilla conclusión: lo único que parecían tener en común estas expresiones era su marcado descontento por algo, lo que fuera. El sistema, el mercado, el Estado…y así hasta el infinito. Estos movimientos, también, parecían ser de algo que se parecía mucho a la izquierda, el socialismo o al menos el progresismo, lo cual me quedaba más claro pues como diría Martí “conocí al monstruo desde adentro”. Pero aun conociéndolo, me seguía pareciendo simplista. Era como si la labor de un “movimiento social” era ubicarse en un espectro político “X” con una serie de demandas que tendrían que solventarse, so pena de un estallido social inminente (otra cosita dominguera que espero con más detalle elaborar en otra ocasión). ¿No podía haber un movimiento social feliz por el estado de las cosas? Resulta difícil concebirlo, pero puede haberlo. Mejor aún, ¿qué tal un movimiento social de derecha? Estas dos cuestioncitas me tenían muy ocupado cuando, en una junta con un grupo de zapatistas, me surgió una más profunda.

Todo empezó cuando me di cuenta que no tenía ni idea de qué estaba haciendo en una reunión de zapatistas. Escuchaba puntos de un programa para el establecimiento de la autonomía indígena, el respecto a los Acuerdos de San Andrés y demás, cosas que más o menos conocía, pero que (y ahí es donde empezó mi cuestionamiento) no me correspondían en el estricto sentido de la palabra. Es decir, es muy padre que como estudiantes de una ciencia social estemos vinculados con esta clase de experiencias, pero yo al menos en mi entonces posición como “representante de un movimiento estudiantil” sentía que mi aportación era nula, y que la aportación que podía hacer el zapatismo a las “causas” de mi movimiento (si es que las teníamos) era idéntica. En la Asamblea pedíamos respeto a la autonomía universitaria, no al aumento a las tarifas del transporte público, respeto y diversificación de las opciones políticas estudiantiles y descentralización de la representación, así como cosas menos sofisticadas como que no nos quitaran del programa de estudios la clase de Lengua Extranjera III y que ampliaran el horario de atención del laboratorio de cómputo. ¿Le interesaban a los compañeros zapatistas, a los compañeros de las Juventudes Comunistas? Discursivamente no lo dudo, pero programáticamente les daba lo mismo. Que un laboratorio de cómputo esté abierto más tiempo no es exactamente un paso contundente hacia la consolidación de la dictadura del proletariado.

Cuando estuve en Argentina el año pasado, participé en un foro de representantes de movimientos estudiantiles en Latinoamérica en donde expuse el estado de las cosas que había la última vez que yo me asomé a una Asamblea (no recientemente, por cierto). En algún punto de la discusión, un compañero chileno nos invitó a dejar la reflexión y a “radicalizarnos”, pues decía que las cosas estaban muy mal y había que hacerlo, que era nuertro deber como miembros de un movimiento estudiantil. A mi de por sí la palabra “deber” siempre me ha parecido muy sospechosa, pero en ese momento lo fue más por las preguntas que ya me venía haciendo desde antes. Cuando tomo la palabra para contestar al comentario hecho por el compañero, recordé una idea demoledora que me compartió hace muchos años Agustín, hablando de la matanza de Tlatelolco: “la verdad es que podemos llenarnos de grandes palabras y hacer marchas y discursos, pero lo cierto es que los baños siguen sucios”. Razones para radicalizarse sobran en este mundo, pero si no podemos pugnar por lo básico en nuestros ámbitos cotidianos de acción, ¿cómo aspiramos a hacer más por otros espacios en donde nuestra participación se reduce a nada? El argumento que me dan los puristas de estas cosas es que al apoyarnos mutuamente garantizamos reconocimiento y legitimidad, así como cooperación en las causas mutuas. Me resulta difícil de creer. Fuera de fines pragmáticos (vgr. la alianza electoral PRD-PAN), no se me ocurre una manera real en que un movimiento “x” pueda incidir en un movimiento “y” siendo ambos de naturaleza disímbola. Firmando desplegados y “marchando juntos” las cosas no se resuelven. Ni las propias, ni las ajenas. Siendo parte de un “movimiento estudiantil”, las cosas que nos tocan son claras, se reducen a un sencillo (pero complejo al mismo tiempo) proceso de ordenar las cosas en función de lo que se aspira a ser como sociedad, y yo dudo que esa sociedad (lo que quiera que signifique) quiera tener baños sucios, bancas destartaladas y profesionistas tan o mal pagados como sus profesores universitarios. Pugnar por una educación democrática me parece una buena bandera, indignarse por lo que sucede en otras latitudes y a otras personas no sólo es adecuado sino justo, pero uno no puede salvar a todo el mundo al mismo tiempo.

Si pensamos además que muchos de estos movimientos estudiantiles no son más que estructuras membretales compuestas de panfletos, consignas (o cánticos cuasi-futboleros repetidos cual mantra hipnótico al ritmo de tambores, como ahora se estila) y “líderes”, nos topamos con una situación más descafeinada. Recuerdo que al finalizar la planearia allá en Buenos Aires, se nos invitó a una fiesta en donde se iban a recaudar recursos para costearle el viaje a una comitiva argentina para viajar a Honduras a apoyar en las protestas por el golpe contra Zelaya. Y mientras tanto, su universidad y la mía se caen a pedazos por que nadie en años ha sido capaz de reparar una puerta, atornillar una ventana, darle mantenimiento a una butaca o pintar los pizarrones de verde, y por que nadie, además de todo, ha sido lo suficientemente enérgico para exigir transparencia y educación democrática. Es fácil exigirle al Estado educación gratuita, y lo hacemos, pero es contradictorio al mismo tiempo cantar y pronosticar su futura muerte y sustitución por algo que nadie sabe bien a bien qué forma tiene, pero ah cómo emociona.

Supongo que es mucho pedir. La congruencia y la libertad son pugnas propias de aquellos cuyas naturalezas están atadas a designios totalmente contrarios. Supongo que por reconocerme así es que ya me he dedicado a dudar de todo cuanto veo y a perder toda esperanza en la humanidad y en los que se dice están llamados a revolucionarla: los jóvenes (y en mi como parte de ellos). Hoy en día aspiro a explicarme las cosas de una manera en que pueda entenderlas yo mismo, no respondo por los demás. Si mis elaboraciones en algo pueden ayudar, ahí están a su disposición, siempre han tenido Creative Commons. No es un pensamiento ortodoxo (esos puristas de los que hablé antes me lo han hecho saber en repetidas ocasiones), pero me es funcional. ¿Y qué hay con los movimientos sociales? Bueno, hay que estar ahí para entenderlos, el ahora llamado “activismo facebook” hace que las contradicciones de las que hablé antes hoy en día se profundicen, para horror de nuestra especie. La tarea de mantenerse firme en un mundo como el de hoy tal vez no es tan vistosa como la de un movimiento social que se mueve y es visible y puede generar toda clase de comentarios y posiciones, pero es quizás más valiosa por todo lo que implica. ¿Qué tanto? No sé, apenas lo estoy descubriendo.

La red familiar y sus recursos 26 January 2010

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Hace unos minutos agregué al messenger a mis primeros contactos pertenecientes a lo que los estudios conocen como “familia extendida”. En concreto, unas tías (deben serlo, son primas de mi papá). Se siente bonito de entrada, son más jóvenes que yo pero no lo suficiente para no poder hablar civilizadamente con ellas. Las ocasiones en que coincidimos, se platica bastante lindo. Se interesaron por mi próximo viaje y yo por sus cuitas.

La cosa es que nunca he sabido como lidiar con la familia en general cuando me la encuentro en terrenos electrónicos. Se me hace bolas el engrudo pensando en temas de conversación medianamente interesantes. Yo no soy como la mayoría de ustedes que tiene grandes historias con sus primos y toda su familia, que departen en comidas y salen los sábados por la noche. Yo en realidad me muevo con la familia como en todos lados: como un extraño no tan lejano, que observa y apenas participa, derrochando galantería y sonrisas a destajo (oh si). Llevo un rato pensando, y tal vez use a mi hermana de ariete para llegar a intercambiar comentarios con ellas. No sé.

Con todo esto no hago otra cosa más que demostrar que lo mío es vivir en una cueva, y no por gusto sino por necedad.

Variaciones en torno al derecho consular español 11 January 2010

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La verdad es que son una bola de hijos de la chingada los que trabajan en el, ajem incluido, Consulado General de España. Pero como no puedo decirlo eso de manera tan cruda, tendré que matizarlo un poco: “la calidad de su atención y servicio ameritaría una llamada de atención de Sus Majestades, Don Juan Carlos y Doña Sofía, por gracia de Dios reyes de España”.

Y eso apenas es lo suficientemente mamón como para afirmar que sí lo dije yo.

En fin, el tiempo corre y yo sigo sin visa y sin boleto de avión, sin flor y sin florero.

(Acabo de recordar que no me han respondido un correo electrónico, ay Dio’)

Me voy a Barcelona, cuatro meses, a hacer una estancia de investigación. Digo, por si se lo preguntaban. Si alguien sabe la manera en que puedo mandar a la chingada acelerar el trámite en el Consulado, harto se lo agradeceré, y mi hígado también.

Las estrategias discursivas de lo simbólico 1 December 2009

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Siempre me pasa cuando me desvelo, sobre todo en estas épocas: acabo viendo o leyendo algo que detona los más variados sentimientos. Como si los necesitara. Tengo que revisar en los próximos días unos 36 ensayos finales de variada calidad y escribir, al menos, tres capítulos de mi propia tesis con pronóstico reservado. Como se ve, la cosa está que arde, pero en vez de ponerme a trabajar, esta noche vi dos películas malitas tirando a no-tan-peores: “Wilde” con Stephen Fry (un tanto acartonado, pero delicioso como siempre) y “El Pico de Dante”, churro palomero con Linda Blair (¡porque si hay vida después de Terminator!) y Pierce Brosnan.

El balance tras perder tan impunemente el tiempo ni vale la pena hacerlo. Está probadísimo que con o sin películas, no hubiera escrito o leído ni una sola palabra. Así que sólo fue una manera un tanto más sofisiticada de hacerme pato, sólo que en vez de estar contando las arañas de mi techo, vi The Film Zone y, me parece, TVC Platino.

(…)

Tal vez sea difícil de creer, pero justo estaba a punto de escribir que secretamente he estado deseando que llueva tupido, cuando se arranca la llovizna. O bueno, algo así. La verdad es que se escucha un poco más seria esta lluvia. Ojalá nos/me regale una buena sorpresa.

(…)

Voy haciéndome de mi lugar en la cama. Ahora sí.

Fin de semana (por fin) 2 November 2009

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(A partir de la próxima semana empezaré a titular mis posts con nombres extraidos de la literatura sociológica. Todo lo anterior sin razón o motivo aparente.)

El balance de Puebla aun no lo termino de hacer. Sólo puedo resaltar el hecho de que siempre, no importa como, la peor de las ciudades siempre se muestra más amable cuando tienes la oportunidad de compartirla. Agustín tal vez es el peor de los guías turísticos, pero es un excelente escucha y mejor aun, un conversador agudo y sagaz que se esforzará por mantener puntos de vista insostenibles con tal de seguir conversando (y de chingar, claro, por qué no). Me declaro privilegiado en ese sentido. Con todo y las diferencias, tenemos más cosas en común de las que parecen: un amor incontenible por lo que tenemos, lo que hacemos y por aquellas personas a quienes hemos dejado entrar en nuestras vidas. Como siempre, la despedida se hizo entre promesas de volver a Puebla o de venir a Guadalajara, siempre en mejores circunstancias. La magia de tener amigos, nunca hay que olvidarla.

Debería decir que el regreso a Guadalajara fue terso, pero sería pecar de corto de visiones. La verdad es que fue de claroscuros por donde quiera que se le viera. A mediodía del viernes, fui a toparme con mi personalísima hora marcada: junta en el Centro (llamémosle así), lugar donde pretendo hacer trabajo de campo para mi tesis. El objetivo, aunque loable, no dejaba de ser persecutorio: conocer mi proyecto y sugerir las debidas modificaciones. Cada que recordaba esto último no podía evitar alzar una ceja en señal de reprobación o, al menos, profundo escepticismo. Por más que trataba de mejorar mi actitud, siempre esta fue terrible, esperando lo peor y más si era posible. A final de cuentas no me equivoqué. Aquello fue un intento de reproducir la Lección de anatomía de Rembrandt, sólo que el que debía estar muerto resultó muy respondón. Fue imposible generar un diálogo científico serio. El comité se erigió en jurado calificador y determinó por unanimidad la nulidad de mis argumentos, la impenetrabilidad de mis ideas, la incompetencia de mis profesores y asesores de tesis, la infactibilidad de mi proyecto y, por supuesto, la acientificidad de la sociología. Pero bueno, médicas a fin de cuentas, propusieron un remedio en apariencia bastante sencillo: me apego a su sabio consejo, hago las cosas como quieren, y santísimo remedio. A todo lo anterior asentí con una sonrisilla discreta, mandándolas a La Chingada en mis adentros.

No salí enojado de la junta porque en realidad no había motivos para sentirme así. La gente tan corta de perspectivas me da pena, y eso es peor para aquellos a quienes les dedico tan peculiar sentimiento, porque de automático les he perdido el respeto que, tal vez, alguna vez les tuve. Todo apunta a que tendré que cerrar la fuente, pero como ya lo dije, eso lejos de afectarme me hace sentir a gusto. Si todo sale bien, en mi tesis habrá una dedicatoria al Centro, que dirá más o menos que “al cerrarme las puertas, me abrieron las perspectivas”. Si, si, si. Mucho drama, pero así estoy hecho.

Después de ahí, comida con Laura en un KFC. Dudosa la elección, por supuesto, pero valió la pena. El lugar que escojimos estaba bien ubicado, daba buena vista a la calle, la oportunidad de hablar y reir y ponernos al día (touché). La sobremesa se alargó más de lo debido, producto de la plática y de tantas cosas más que siempre hay que compartir con quien se quiere y que lo mejor siempre es vivir despacio para no perder detalles. De ahí, al Instituto a encontrarme con Gil, otro gran amigo quien me hizo el favor de suplirme en mis dos grupos. Después de platicar largo rato sobre los detalles de las sesiones, algunos pendientes y demás, pasamos la tarde cigarro tras cigarro recordando los tiempos en que fuimos más adolescentes que nunca (la facultad), hablando de los viajes, las juntas, el fallido acto académico, las presiones de la tesis…la vida misma. Esa que tanto se empeñaron en ver Schutz, Goffman, Berger y Luckmann, pero que quizás de tanto ver se olvidaron de vivir las propias. Pero no lo sé, sólo lo intuyo. Yo intento ver y vivir la mía con el debido ritmo, con su propia pompa y circunstancias. Con sus rostros y voces que la componen. Esta semana, difícil por demás, estuvo compuesta por muchos rostros y voces. Me quedo con los más familiares, con los de los amigos y el amor. Personas con las que, promesa o no de por medio, siempre hay la esperanza de vivir y revivir todo lo que vale la pena.

Algunas estadísticas en torno a Puebla 28 October 2009

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Rápidamente les comparto algunos highlights de lo que ha sido este viaje cómico-mágico-existencial:

Y pus eso.

La promesa de retomar el blog 10 October 2009

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En un mundo que tiende cada vez más a la síntesis, a la estrechez de los 140 caracteres, las galletas de la suerte y otros legos de la más diversa índole, me propongo a rescatar lo que antes para mi era valioso: el contacto íntimo con el teclado para escribir “algo”. La expresión tiene un sentido especial para mi, que todo el día me la paso escribiendo. Pero nunca es “algo”, siempre es otra cosa. Un ensayo, un reporte, las actividades de mis alumnos. Son cosas mías, si, pero diferentes a mi. No sé, tral vez me pasa como a los viejos filósofos de la hermenéutica (Gaddamer, te estoy hablando a ti) que creían que los textos se separaban de quienes los enunciaban. Esos ensayos son míos, pero se mueven de manera autónoma a mi. En cambio, cuando escribo “algo” en este blog (o a veces en las últimas hojas de la libreta) es diferente. Digamos que me puedo ver reflejado en las palabras que vierto en esos cada vez más escasos ejercicios. Ejercicios que van de “algo”, aunque no quede siempre muy claro de qué.

Quisiera prometer que voy a retomar el blog, pero ya lo he hecho antes y casi nunca he cumplido. Anoche sentí una terrible necesidad de venir a gritar aquí que me dolía el estómago, que estaba a punto de estallar contra mi vecino el alcohólico y que “ese” episodio de House que no debí haber visto me afectó de más, pero eran las casi 4 de la mañana y todavía tenía que intentar dormir para levantarme hoy e ir a trabajar. Me quedé, sin embargo, con la espinita, y heme aquí. Como que queriendo hacer la promesa, pero con un miedo muy real de no irla a cumplir.

Igual y si, quién sabe.

Incluso aspiro a más, a que esto se vuelva a convertir en el “querido diario” que alguna vez fue. Quiero acordarme de las cosas que veo, porque están por dejarse venir muchas y creo que me van a faltar páginas en la libreta, o mejor dicho, no puede entrar todo lo que voy a ver y pensar en esas páginas. Debo tener otro espacio en donde esté hablando conmigo mismo y en donde están invitados a participar, no faltaba más. Un espacio en el cual me recuerde a mi mismo “no te estás volviendo loco”, y todo cobre más sentido. Porque lo va a tener, pero como ya lo dije, no me va a pertenecer. Será de La Sociología (esa perra). Me tengo que buscar la manera de crear mis propios medios, mi sentido particular de las cosas. Retorcido, si, pero mío.

Espero que aquí pueda ser ese lugar.