Uno
Se vuelve cíclica esta cuestión: dejo de escribir un rato, me asalta la necesidad, vuelvo y paso de inmediato a dejarlo. Ya he dicho en el pasado mis razones (o no-razones) y están muy presentes en la memoria, sólo basta bajar la mirada y ver lo escrito anteriormente y que está asentado en esta misma página. Quisiera no reparar demasiado en esto, pero se vuelve complicado por muchas razones. La primera, y tal vez única: necesito explicarme por qué lo hago. ¿Qué curiosos mecanismos hay detrás de estos ires y venires? No hay respuesta, sé que no la hay, pero heme aquí preguntándomelo por lo divertido que es para mi, por supuesto, que para ustedes esto es de lo más chocante.
Dos
Como ocurre con esa primera camada de so called bloggers, surgida por ahí de 2002-2003, mi blog es un “querido diario”, o al menos lo ha intentado sin mucho éxito. La novedad de tener un sistema tan flexible de publicación hizo que emergiéramos como de la nada cantidades importantes de aspirantes a escritor, adolescentes tribulados, aventureros urbanos, viajeros, cinéfilos y demás subespecies con nuestras necesidad de “ser escuchados”, de construir una cierta noción de “público cautivo” que compartiera (al menos hipotéticamente) nuestros puntos de vista. Nos sentíamos importantes. Era el boom de los blogs personales. Hay muchos sobrevivientes de aquellos tiempos, aunque sus blogs hoy ya no se parecen mucho a como iniciaron. De adolescentes con granos, muchos pasaron a convertirse en referentes en el mundo de las redes sociales, de la literatura en línea o de la más diversa opinología. El blog personal entró en crisis, al grado extremo de encontrarnos con comentarios como el vertido en este twitteo.
En medio de esto, la razón de escribir un blog, y sobre todo un blog personal, entra en crisis. O tal vez siempre ha sido oscura esa razón, pero ahora se vuelve más. La pregunta “¿a quién le interesa eso?” parece correr detrás de aquellos como yo que queremos (con el éxito ya demostrado hasta el momento) seguirle por ahí. Sin embargo en el pasado eso tampoco parecía quedar claro. A nadie nunca le ha interesado nada de esas vidas, ya mucho tenemos ocupándonos de los que conocemos como para ocuparnos de la hipotética vida de alguien que me es en general ajeno. La construcción de ese público no pasa por la necesidad de escribir un “querido diario” público, sino por obtener el aplauso del respetable o, llegado el caso, su abucheo. Hay una urgente necesidad de interlocución que verse sobre cualquier cosa, para al final concluir como en las buenas conversaciones con palmaditas en la espalda mutua que sirven como punto final transitorio, hasta la próxima vez que nos volvamos a encontrar.
O algo así.
Tres
¿Quiénes son las estrellas del momento? Aquellas que se dirigen a la generación de “nativos” de estas tecnologías de la información: los chavos nacidos en la segunda mitad de los años 90′s, esa insondable masa de quinceañeros que parecen (cito a una película muy mala del Universal Channel) “vomitados por Hello Kitty”. Me gustaría ponerle nombre a esa generación, pero temo que en cuanto se lo ponga este caiga en desuso. “Generación Justin Bieber”, “Era Lady Gaga”, “Juventud Werevertumorro”, son algunas propuestas. ¿Hay interlocución? No mucha. El consumo de entretenimiento es tal que la interlocución no es algo que siquiera se busque activamente. Veamos, como ya anticipaba, el ejemplo nodal: los videoblogs de youtube. Iniciaron, como siempre, como una solución a esa necesidad de “decir algo” y hacerse de un espacio en medio de tanto anonimato. Jóvenes con granos (otra vez) que empezaron a soltar ranteos aleatorios frente a la webcam, sin mayor guión que el de la vida misma. Como siempre ocurre, algunos empezaron a despuntar por la forma en que lo hacían: gritando, soltando chistes, adornándose. La cosa evolucionó hasta convertirse en el fenómeno que hoy conocemos: chavos cuyos granos ya están en retirada y que, al ver el éxito medido en número de visitas y de comentarios, empezaron a planear sus pasos meticulosamente, preparando guiones no muy intrincados pero si muy exitosos, haciéndose de pequeños equipos de producción que adornan aun más todo lo que se muestra, generando la risa fácil, alguna clase de identificación que aun no entiendo y la aparición de dudosos clubs de fans que esperan con ansias el día de publicación del nuevo video. Ahora el que habla en estos videoblogs ya no busca interlocución, sino mantener esa fama efímera y trasladarla a otros ambientes (con relativo éxito, ahí está de nuevo Werevertumorro, llenando teatros y foros por todo el país).
Lo único que me genera todo esto es flojera, aunque tal vez también un poco de antipatía precisamente por la falta de diálogo que, en contraparte, el blog personal si ofrece. Lo que pasa es que leer un post así de largo (así como este, vaya) “da flojera”, de acuerdo al testimonio inequívoco de mis alumnos de secundaria, ávidos consumidores del entretenimiento que les exponía en el párrafo anterior. Y no los culpo, finalmente, “¿a quién le interesa eso?”. A ellos no, aunque me encantaría que lo hicieran para que en vez de verme como alguien tan ajeno a “sus cosas”, me vieran como uno más que vive por aquí y que también puede decirles algo que puede significarles algo. A final de cuentas yo no digo nada para que nadie me lo tome en serio. Sólo soy yo y mis palabras, hasta ahí. Lo que haga cada quien con ellas será su muy personal problema. Pero precisamente eso quiero que hagan: que las lean y digan “meh” o digan “¡órale!”, no nada más que pasen de largo y listo. No voy a dejar de decir las cosas como las digo o como las pienso porque aquí el único lineamiento editorial que prevalece es “dale a tu cuerpo alegría Orión Arturo”.
Pero bueno…
Cuatro
Hacer apologías de lo que antes fue como algo mejor se ve muy mal, y ni que fuera yo “tan grande” como para andar con esos chistecitos. Claro que a mi también me preocupan cuestiones frivolas como no tener lectores, y claro que me encantaría tener más, pero la culpa de todo eso la tengo yo (tanto porque no escribo como porque cuando lo hago resulta simplemente imposible de leer), y no mis gestores de contenidos o mis guionistas. Lo único que me interesa en general es soltar pensamientos aleatorios, que alguien venga y diga algo en los comentarios y listo: empezar a conversar. Si nadie viene pues no pasa nada, muchos de los que andamos por acá (y por allá, afuera de las pantallas) ya estamos acostumbrados a hablar solos. Sólo es, diría mi padre, “por el sacrosanto derecho al pataleo”. Berrinchitos si quieren, pero son muy míos. Hoy, en un episodio más de “esas minorías sociales que me chocan” me le dejé ir a los vloggers y sus auditorios, pero no duden que el día de mañana vuelva a la programación normal y critique cualquier otra cosa o me queje de lo primero que se me ocurra o haga un nuevo tratado de mi, como suele ser costumbre en este blog.
Así que en general no esperemos mucho de nada. Ni de los vloggers, ni de su auditorio, ni de los blogs personales, ni de mi (menos de mi). Todos somos de lo más inofensivos. Acomódense en su silla y disfruten lo que quieran, total, que no esperaba menos de ustedes.

