¿Mi primera vez? 13 November 2003
Posted by Don Arturo in : General , trackback-“Ya nos cargó la chingada”, ese fue el pensamiento que cruzó por mi mente cuando escuché que abrían la puerta del cancel de la casa de Ana, mi novia. Y estoy seguro que no fui el único que pensó eso.
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Seguido a la edad adolescente que me ha tocado portar (y que mi novia también ostenta, por cierto) surge espontáneamente la pregunta que define si ya estás del lado de los desvirgados o si todavía eres un dulce producto de las entrañas de tu madre: ¿ya tuviste tu primera vez? –“¿Mi primera vez? –pregunto- Yo no…yo tuve mi media vez.” Y lo declaro, debo admitirlo, sin esconder cierto orgullo.
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Aquel día de Noviembre hacía frío, nos salimos de clase temprano, a las 9 de la mañana. A esas horas yo tendría Psicología y ella Literatura, poco nos importó, pues. Teníamos días planeando este “encuentro”, y les aseguro, nada se interpondría en nuestro camino para cumplir con el trámite.
La noche anterior yo pasé una odisea para conseguir condones, la cual le fui platicando a Ana mientras íbamos en el camión camino a casa. –“No manches m’hija –le dije-, en la Farmacia Guadalajara de la esquina de la casa no venden condones, tuve que ir hasta el Wal-Mart para conseguirlos”. La plática transcurrió entre ruidosas carcajadas y uno que otro beso espontáneo, y miren que es difícil besar cuando el camión está en marcha.
Llegamos a su casa por fin, sacó su llave de la mochila y un poco temblorosa (no se si por el frío o por lo que estaba por venir) abrió el cancel y la puerta principal. Una vez adentro, me senté en el sillón mientras ella corría las cortinas de la casa, queríamos privacidad en este primer encuentro.
Y lo hicimos en el sillón. De haber sabido que ocurriría ahí, hubiera preferido el piso de la cocina, la mesa de la sala, hasta la casa del perro… pero el sillón, fue de lo más incómodo. “Joder”, me dije a mi mismo. Dejé de maldecir cuando Ana se abalanzó sobre mi cuerpo de una manera simplemente inexplicable. Sus besos, dulces y tiernos todo el tiempo, en ese momento se tornaron venenosos y violentos. Su boca recorrió toda mi cara, mi cuello, y, ya entrados en detalles, mi cuerpo en general.
Yo no me quedé atrás, torpemente y aun sorprendido sobre como estaba ella accionando, le quité la blusa. El trámite más difícil lo representó su sostén. ¡Endemoniada prenda del carajo! ¿No será posible que los fabricantes hagan un sistema de abrochado más…bueno…fácil de desabrochar? Superado el trámite, lo demás transcurrió con normalidad. Haciendo memoria, recordé el accionar de esos porno-stars y traté de imitarlo lo más fielmente posible.
Entre jadeos y movimientos, aún quedaba una prenda en su lugar: su pantaleta. No lo pensé mucho: “la última frontera…”, me dije. Y entonces, ahora sí, a lo que te truje Chencha.
Después de ponerme el condón (otra odisea, el condón no resbalaba, desconocía la existencia del lubricante), procedí. Las respiraciones se agitaron aun más, sus ojos se tornaron blancos, sus manos me apretaban la espalda, me provocaban heridas que al momento no me dolían. El viejo arte de la relación sexual practicado por dos adolescentes que hasta antes de las 9 de la mañana podrían decirse “inocentes”. Pero claro, cuando las cosas van bien, algo debe pasar. Las leyes de Murphy, creo que les llaman.
¿Han visto el comercial de condones? ¿Aquel que dice que miles de personas están haciendo el amor mientras tu estabas haciendo cualquier otra tontería? Bueno, en ese momento, yo deseaba que el primo de Ana hubiera estado viendo la tele o haciendo cualquier otra cosa, por que al momento de su llegada, Ana y yo DEFINITIVAMENTE estábamos muy ocupados.
No le importó, de hecho, no sabía que estábamos ahí. Abrió la puerta, y el desastre empezó.
-“Ya nos cargó la chingada”-dije. En tiempo récord nos paramos del sillón, levantamos toda la ropa regada por la sala y nos escondimos en el cuarto de Ana. Nos vestimos rápidamente, si nos descubría, al menos que nos descubra vestidos. El primo se paseó por toda la casa cuando justo afuera del cuarto de Ana grita: “¡¿Alguien en casa?!”.
Y que entra al cuarto de Ana.
Era una escena bizarra: él en la puerta viéndonos a los dos despeinados, con las ropas arrugadas, ella con el rimel corrido, yo con un chupetón en el cuello…parecía que el tiempo se había detenido, o al menos que pasaba como que en cámara lenta.
El primo parpadeó dos veces, se irguió y se fue a esconder a su cuarto. Ana y yo continuamos ahí como que congelados, nos volteamos a ver y sonreímos tímidamente. –“¿Y eso…qué fue?”, le pregunté yo. –“No lo se –me responde- pero mejor nos vamos de aquí antes de que otra cosa suceda”.
No lo pensamos dos veces, nos acomodamos el cabello como pudimos, caminamos dos cuadras a la parada del camión, y volvimos a la escuela de donde nos habíamos salido. Eran las 12 del día, ya habría mucho tiempo para pensar en lo que había pasado, ya habría tiempo, también, para reírnos de lo que pasó esa mañana.
Y esa fue mi media vez, jejeje, ¿cuántos de ustedes han tenido una media vez?


Comments»
Malditos brassieres del demonio, pero con la práctica Don Arturo, con la práctica…
Deberían hacer brassieres quita-pón.
Buen relato maese, vos ya sabés mi opinión.
Al menos te queda de experiencia. Nunca se te ocurra hacerlo en la sala. Cualquiera que vaya llegando podría verlos. (preguntamelo a mí, esa igual la aprendí a la mala)